Bien, los pensamientos de un frío martes de febrero me
llevan a reflexionar sobre el mundo hostil en el que vivimos.
Nadie se para a pensar en la “sociedad” que, poco a poco,
todos y cada uno de nosotros hemos ido construyendo, a base de mentes de
cemento y corazones de hormigón. Y es que todo el mundo, sin excepción, aporta
su granito de maldad a este montón de mierda. Unos lo hacen de forma directa,
otros de forma indirecta, pero al fin y al cabo la realidad es que todos
contribuimos. Vivimos en una sociedad en la que el individuo no tiene la más
mínima importancia. Se han ido imponiendo progresiva e imperceptiblemente los
estragos de un capitalismo cruel, los recelos de un fanatismo religioso (las
mismas religiones que predican la igualdad de todos los individuos), un
marketing incansable que busca el consumo para consumir aún más, dirigentes que
ven a las personas como meras máquinas capaces de producir tanto o cuanto, en
detrimento de los valores individuales. Se busca el máximo rendimiento de las
personas, olvidando valores primordiales de la esencia del ser humano, tales
como la creatividad, el arte, el amor o la imaginación. Debemos ser todos
iguales, productores, simples miembros más de un rebaño al que hipócritamente
llamamos sociedad, reduciendo al mínimo la variabilidad existente de una
persona a otra. Todos debemos ser guapos, simpáticos, inteligentes y
trabajadores. Si nos salimos de esos esquemas estipulados, siempre nos encontraremos
un dedo señalándonos desde cualquier esquina. Y es que hemos llegado a un punto
en el que, cada minuto y cada segundo de nuestras tristes vidas, está
planificado. Cada oveja, en su redil. Todas controladas y que no se salga
ninguna.
Pero bueno… Esto ha existido siempre, de una forma u otra. Anexo al desarrollo del ser humano en conjunto. Llámese capitalismo, feudalismo, aristocracia u otras palabrejas que vienen a
representar conceptos similares, la consecuencia siempre es la misma. Unos
pocos dominan a la gran mayoría. Oligarquía. Por mucho que pataleemos, lloremos
o nos enrabietemos, mamá sociedad siempre estará ahí para recordarnos que no
podemos desviarnos de unos márgenes preestablecidos. No podemos hacer nada a
nivel colectivo, siempre seremos una oveja más. Sin embargo, y este es el
motivo principal que me trae a escribir, sí que podemos hacer cosas a pequeña
escala, contribuyendo a que el mundo en el que vivimos se vea algo más
colorido, en lugar de en escala de grises.
En nuestras manos está buscar la felicidad en las pequeñas
cosas del día a día.
En nuestras manos está huir de los problemas, por pequeños
que parezcan.
En nuestras manos está disfrutar dando a los demás un
poquito de nosotros mismos.
En nuestras manos está ayudar en todo lo posible a las personas
que realmente lo necesitan, sin esperar nada de ellos, más que una sonrisa de
agradecimiento.
En nuestras manos está pintar con los colores del arco iris
cada día de nuestra corta vida.
En nuestras manos está corregir nuestros defectos para
causar el menor daño posible a los demás.
En nuestras manos está tener siempre presente que no estamos
solos. Que nuestros actos influyen, de manera positiva o negativa, sobre las
personas que tenemos alrededor. Que nadie es el ombligo de nada.
Sólo así podremos ser felices, dentro del escaso margen de
libertad que tenemos. Yo ya he elegido mi camino.
¿Y vosotros? ¿Queréis seguir siendo gente gris, marionetas movidas
por hilos de hipocresía? ¿O queréis aportar algo de color a este mundo oscuro?
En vuestras manos está el pincel que queréis utilizar. Eso sí, debéis tener en
cuenta que vuestro lienzo parte de un color gris en lugar de blanco.
Y para terminar, dejo una frase de una canción que me enseñó
un gran amigo y que siempre tengo presente: “Que si vienen vientos de tormenta
y nubes grises no te hundas, no, aprende a bailar bajo la lluvia”.




